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De los erizos

7 sept 2022
4 min de lectura
Quiero abrazarte muy fuerte, pero mis púas siempre se clavan en tu corazón. Las tuyas ya las tengo tan clavadas que no puede latir mi corazón sin ellas. Me has vuelto masoquista, se ha vuelto normal buscar ese dolor. Pero no es un reclamo. Ya no me lees, ¿cómo podría tratar de arreglar nada entre nosotros?.

Imagínate que acabas de discutir con alguien importante para ti. Fue una discusión fuerte, pero ninguno alzó la voz ni parecían molestos. Por el contrario, a la otra persona se le quebró la voz; sólo le has visto llorar unas pocas veces. Duele, muy adentró de ti, duele. No sabes cómo curar a la otra persona. Ni siquiera tienes ese derecho, ¿no? A fin de cuentas, eres la razón de su llanto. «Decepción», pronuncian sus labios, y tus palabras ya no le alcanzan, está muy lejos.


Qué fácil es herir a las personas que amas. Es lógico, las personas que no nos interesan no pueden herirnos casi nunca. Los que queremos son siempre los que nos sufren más. Reflexionas sobre lo que salió mal, pero parece que ya nada importa. Te bloquea, su ultimo mensaje dice que se cansó.


Somos erizos, pequeña, siempre lo hemos sido y lo lamento. Sólo puedo lamentarlo.

Y duele, sigue doliendo algo dentro, profundo, algo que no es carne. A tu alrededor no son capaces de entender. Todo es tan confuso, todo excepto tú, debilucho. Te enseñaron que las personas fuertes alejan a quien les hiere. Y compararon a las personas con peces y estrellas y banalizaron las relaciones y las emociones con canciones sentimentaloides. Y aun así duele.


Hoy es el tercer día. Llevas tres días de confusión, vagando por tus recuerdos, sin rumbo ni sentido. «¿Por qué me culpa de todo? ¿Por qué siempre se hace la victima?» Dijo que también te había herido, entonces ¿por qué la responsabilidad recae en ti? En la oscuridad su culpa es brillante, cegadora. Se burla de ti, de tu dolor vestido de ira. Porque duele.


En la lluvia nocturna, tras las paredes, en las bromas de tus compañeros de trabajo y el alcohol que te invita a olvidar, encuentras tu culpa. Un goteo constante, enloquecedor, diciendo que la otra persona no tiene razón, pero tú te equivocas. Porque recurriste al desdén cuando las cosas se salieron de tus manos. Pudieron hablar pero elegiste la hostilidad, sin decir porqué, porque te avergüenza decir que tienes celos, que necesitas más. En las noches en que ninguno se deseó lindos sueños, ambos se acostaron con el silencio en los labios y el dolor oculto en el corazón.


Nosotros, siempre orgullosos, dispuestos a querernos, pero no a escucharnos, no a perdonarnos, no a odiarnos. Sigo sin saber si quiero que me perdones o sólo que no me odies.

Para este punto ya ni siquiera importa quien tiene la razón. En realidad, nunca importó porque nuca anduvo entre ustedes. Viene a tu mente Schopenhauer. Pesimista como siempre, te recuerda que los seres humanos somos terribles. No importa cuánto tratemos, siempre vamos a herirnos.



Entonces somos erizos. Necesitamos el calor de los otros porque el frío nos acerca a las garras de la muerte; morir congelado, ignorado, es lamentable. Si nos acercamos demasiado acabamos con las púas de los otros clavadas en el cuerpo y en los ojos y sufriendo. Y entonces, como parafraseando a Sartre, el infierno está en los otros. Schopenhauer dijo que debemos encontrar la distancia adecuada para que no nos hagamos daño los unos a los otros, para poder convivir y ser un poco más felices, o más bien evitar el dolor.


¿Cuántos kilómetros nos hacen falta? Puede que necesitemos estar tan lejos que ni siquiera sepamos el uno del otro. Qué triste, porque alejarte en vez de aliviarme el dolor lo potencia. Y aun al otro lado del mundo te recordaría.

Y piensas. No conoces a nadie con una relación perfecta, sin problemas. Cuando miras a alguien que sonríe demasiado por la calle sientes que tiene patologías extrañas, severas y ocultas de las que es mejor alejarse. Lo ideal sería que a la persona que amamos goce de inmunidad a nuestras partes más oscuras. Por el contrario, suelen ser quienes más sufren de nuestros prejuicios o incluso de nuestra protección. No mientas. Has pensado que sabías lo que le convenía. ¿Quién podrá protegerle de ti, de tu protección? Puede que solo la distancia. Y duele, porque todo lo que pienses al respecto en este momento, con la herida fresca, duele.


Surge la resistencia. Si aceptas esta idea del dilema de los erizos vivirás dentro de un mundo Sartreano que no te convence del todo. Sartre, con su manera de vivir, dañó profundamente a Simone de Beauvoir, la que se suponía era su más grande amor. El infierno son los otros. Qué patraña.


Soy Jean-Paule diciéndote «entonces ahora eres burguesa». Lo siento, mi Simone, soportas demasiado de mi parte.

¿En verdad temes tanto a la otredad de las personas? No puedes tener tanto miedo como para decidir de manera consciente mantenerle a una distancia prudencial. La distancia evita la intimidad entre ustedes, fue lo que los jodió en primera instancia. Por eso piensas ahora en Sartre, en Simone, en Artur.


Seguir así es encerrarte en esa burbuja en la que tienes la razón siempre. Hoy en día preferimos irnos muy lejos a buscar a otra persona que no nos duela querer… hasta que lo hace. Entonces buscarás a otros con quienes repetir el ciclo. Recuerdas a tus conocidos que dejaron de hablar con su familia porque les hieren seguido y hacen como que no existen.


Y entonces, llega una revelación de algo que no acababas de entender, que el dolor del momento no te dejaba ver. A pesar de su pesimismo Schopenhauer vio el amor como la fuerza más grande y lo más valioso del ser humano. Schopenhauer no te dice que alejes a las personas, te dice que las retengas, que encuentres la manera de satisfacer medianamente tu necesidad de calor. Dice que nunca podrán estar juntos, pero a cierta distancia todo funciona. Qué desgraciada nuestra existencia. Eso significa vivir en el peor de los mundos posibles. Significa crecer y aprender.


Estarán bien, lo prometes. A esa persona no le rompes las promesas.


Chao.



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