Solitario
«Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.»
Poema 15, Pablo Neruda.

Son las tres de la mañana del… qué importa el día. Son las tres de la mañana. Es una de esas noches en las que no puedo dormir, en las que ni siquiera me seduce un poco llegar a pegar el ojo. Si pudiera llegar a la tierra de Morfeo simplemente acabaría despertando por las pesadillas. Así permanezco mirando la pantalla de la computadora en medio del conticinio inquietante.
¿Qué tiene el silencio que inquieta las almas en la oscuridad? La umbra de la madrugada me acoge, me cobija como a uno de sus hijos, pero no pertenezco aquí… o sí. A veces me confundo. A veces pienso que soy Carol arrancando el brazo de Douglas. Otras veces soy Max sin saber si soy tan malo como dicen. Entonces me pongo la armadura para santificar mi cruzada. Son creencias; las suyas y las mías.
No sé para qué cargo la armadura, hace mucho que no me interesa conocer a nadie. A los que ya conozco no los frecuento lo suficiente.
Llevo casi un año apático, observándolos a todos vivir, observando desde las sombras. Ni siquiera me provoca estar sentado bebiendo, ni siquiera el alcoholismo que tenemos en común me satisface. No soy nada especialmente grandioso. ¿Y si tienen razón? Puede que mi personalidad se base en mis vicios y en este punto de mi vida me esté diluyendo cual vaso de wiski con muchos hielos; la siguiente vez que pruebes mis labios, pequeña, seré más agua que licor. Seré menos satisfactorio y pensarás que te alejaste en el momento correcto. La mayoría de los que se van de aquí piensan similar. Se van los que no se sienten cómodos con mi necrofílica experiencia de vivir.
¿Has visto la grieta entre nosotros? Es un abismo profundo y oscuro que te regresa la mirada si lo miras demasiado con detenimiento insano. Mientras más pasa el tiempo más grande se hace la grieta entre nuestros pies. No sé si el lazo que nos une, por más destinado que parezca, llegara a romperse en algún momento. ¿Cuánta tensión soportan los lazos humanos? A veces parecen más delgados que los cabellos.
Quiero ser Pilatos y lavarme las manos frente a la multitud, no tengo nada que ver con las heridas de estos inocentes que sufrirán, que me sufren. Qué mentira.
Soy grosero contigo porque estoy predispuesto a que me hieras. Lo has hecho antes, tantas veces, con tu actitud, con tu silencio, con otro rostro, con otra voz, con otro cuerpo y en otro tiempo. Quiero tener responsabilidad afectiva, pero donde está la de los demás. Ya no podemos ser los mismos. Ya no puedo mirarte a la cara como hacía antes de que mi oscuridad se interpusiera entre nosotros. Lamentaciones, fantasmas, terrores nocturnos, culpas, demonios, añoranzas, deseos inconclusos… yo; todos bebemos en la oscuridad de esta madrugada.
La madrugada toca a la ventana y siempre estoy para responderle. Respondo más a la madrugada que a las incontables llamadas que se acumulan en la barra de notificaciones de mi teléfono.
Mensajes, palabras vacuas. Todos quieren contarme sus problemas. Nadie pregunta por los míos. O soy yo que reacciono demasiado alterado ante la insatisfacción que se instalo hace rato, no parece dispuesta a hacer las maletas nunca.
Mi maldición es sentirme bien sin tenerlos presentes. A veces me siento mejor cuando estoy solo. Me gusta cuando callas porque estas como ausente. Dicen que los seres humanos nacemos para ser sociables. Soy de los que se ven infectados por una soledad férrea que sobrevive a sus abrazos, a los te quiero, a las caricias. Cuando no te vas me siento acorralado y tengo miedo y quiero apedrearte para que te vayas lejos. Yo soy el perro, pero nadie me apedrea, sólo se cansan de las mordidas.
Me incomoda mantener la mirada fija en una persona. A ti te vi como nunca vi a nadie. Te vi hasta perder el sentido de lo que hacía y no encontré la manera de volver unos pasos atrás. Invadí tu privacidad y no te deje llegar ni a tocar la mía. Estoy cansado, quiero dormir y quiero sentir que no estoy solo cuando me siento a lado de ustedes. Quiero que el silencio cese, que acabe este conticinio, pero no sé como acercarme sin sentir que me ahogo en sus profundidades. Así que permanezco en silencio.
El silencio nunca nos salva, más bien nos aprisiona y nos convierte en seres altamente malinterpretables. Mi silencio es hiriente.
Cuando hablo también suelo herir. No es sólo que arremeta contra los demás sino que ni siquiera hago el intento de permanecer neutral. Trato de esconder lo más que pueda dentro de mi armadura. Puede que sea el momento de descansar. De a poco voy desatando los guanteletes. Me quito el peto, las grebas y finalizo por el casco. Lo que más trabajo me cuesta dejar atrás es el escudo.
Ahora estoy desnudo. Ahora puede que entienda como ser mejor y quererte de verdad. Tal vez ya es tarde.




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