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De los tiburones

30 ago 2022
8 min de lectura
«… millares y millares de tiburones que pululaban en torno al leviatán muerto se regodeaban ruidosamente con su grasa.»

Moby Dick, de Henri Melville




Tiburones, criaturas deslumbrantes, ¿no crees? Tengo una barrera que me impide ver a muchos animales lindos cuando no son mamíferos. Mi cabeza está condicionada a ver cosas perturbadoras, a pesar de que no tengo tantos cuentos de terror. Los tiburones, por su parte, son criaturas que entran en mi estética de lo feo. Los dientes chuecos, los ojos penetrantes y la forma en la que nadan. ¿Sabías que hay cientos de especies de tiburones? El que de seguro te viene a la cabeza en este momento es el tiburón blanco, imponente, con la clásica forma de torpedo. Una criatura sanguinaria, a la que hay que temer. Nadando como si evaluara todo a su alrededor con esos ojos inhumanos y fríos.



Jaws (Tiburón en México) es una gran película, por desgracia puso en el imaginario colectivo la idea de tiburones asesinos. O a lo mejor no, puede que la concepción ya existiera desde antes. Las palabras que dedica el narrador de Moby Dick a los tiburones dejan muy en claro que desde aquel entonces ya tenían fama de crueldad. Aun así, si me lo preguntas, no creo que haya nada con menos mentalidad de tiburón que un tiburón. Para ello los tiburones tendrían que seguir conceptos morales en lugar de instintos. Pasa que al ser humano muchas veces le gusta abandonar su racionalidad.


En fin, la absurdez de este concepto que trata de venderse como «filosofía» de vida, sólo esta pensado a un aspecto especifico de tu existencia: el dinero.


¿Qué es el dinero? ¿Lo has pensado? Me gusta hablar de economía y política como si fuera un experto, en especial con unas copas encima. La triste realidad es que crecí huérfano de educación financiera, como cualquiera en Latinoamérica. Me enseñaron que hay que ahorrar, pero nadie me habló de inflación, ni me explico qué es una recesión. Puede que sea más fácil culpar o alabar a presiente por cada aspecto económico que no comprendemos en su complejidad. La economía funciona como magia en nuestra ignorancia. Casi lo mismo que el colisionador de hadrones o la teoría de cuerdas, que para los no iniciados suenan a conceptos mágicos y no científicos.


Me gusta invertir y, como cualquier persona con este perfil, mi aspiración es la libertad financiera. Dentro de este perfil de personas hay dos corrientes: los que les gusta estudiar y tratan de empaparse un poco acerca de la filosofía y la ciencia de la economía y los que siguen pensando que la economía es magia. Entonces es normal que surjan los gurúes económicos y se vendan libros esotéricos como Piense y hágase rico. Pseudo filosofías y psicólogos de a peso que saben cómo triunfar en la vida: vendiendo libros de autoayuda.


Y sí, como podrás darte cuenta yo he sido durante algún tiempo parte de esa secta de los millonarios pobres. Tenía mi propia copia de Piense y hágase rico. Hasta llegué a leer a Paulo Coelho y pensé que el universo conspira a mi favor. Qué vergüenza que conozcas esta parte de mí.


Eso cuando tenía como 17 y duró hasta los veintiuno o veintidós años. Dijo Dante en su primer canto de la Divina comedia «hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida cuando me vi en medio de una oscura selva, fuera de todo camino recto». Por fortuna recapacité. Ya no creo en los gurús de la economía, de hecho, salí justo a tiempo para evitar las sectas de cryptos y acabar lleno de euforia viendo un video de Bitconnect. Hey, hey, hey… escalofriante.


Tristemente, una verdadera educación financiera requiere de esfuerzo y no basta con escribir miles de veces, como enfermo mental, «merezco la abundancia». Y no puedes decretar que sabes de finanzas, sino que hay que estudiar, aunque sea poquito y no hablo de una carrera. Quisiera decir que es difícil no caer en las garras de los Tiburcios que opinan que su futura riqueza esta más allá de cualquier moral… ¿Nietzsche? ¿Qué te hicieron?

Por eso quiero invitarte a que te unas a mi nueva clase maestra sobre emprendimiento. Porque el emprendimiento se enseña mal… Lo siento no pude evitar la tentación.


El dinero es importante, no voy a negarlo, pero nunca debe ser lo más importante. Hace mucho leí una revista esotérica con un artículo sobre la importancia del dinero. Hablaba de como las personas, para poder interesarse en la espiritualidad necesitan la seguridad de que podrán comer al otro día. Una sencilla pirámide de Maslow que a veces se les olvida a los amantes del capitalismo. Me hizo sentido. Por más espirituales que deseemos ser nuestra carne es materia. El autor tenía una concepción interesante acerca del dinero: el dinero es combustible. Tiene sentido tener una reserva de combustible siempre que no se olvide que es un medio, no un fin.


Y no te confundas, no soy feligrés de Marx, de los que no ha leído su utopía ni entiende que hay quienes mejoraron su sistema. Ni siquiera tengo una respuesta adecuada a los complejos problemas de la humanidad. Ni siquiera acabo de confiar en que estos puedan ser resueltos. De lo que estoy convencido es que el capitalismo no nos salvará. De lo que estoy seguro es de que el comunismo es una utopía.


Amo la libertad que me llevó a los quince años a poder estudiar de manera abierta las ideologías fascistas, nacistas y nacionalistas. La misma libertad que me permitió verme seducido por estas peligrosas ideas y me hizo verme como aliado de la tercera postura. Si hoy en día no soy un maldito nazi es gracias a la libertad que tuve en mi casa. Nada me fue censurado, nada, salvo la violencia extrema que podía herir mi sensibilidad infantil, me fue vetado. Mientras mi madre era católica, su familia creyente no practicante y la familia de mi padre cristianos de distintas ramas cada uno, yo fui budista. Estudie sobre magia negra, umbanda, satanismo de LaVey, leí el Corán, ame algunas partes de la biblia y me asumí como musulmán, es decir creyente. Y no, es estúpido pensar que con todo esto conozco en profundidad nada de esto, pero nada me llamo a introducirme en sus aguas más allá de lo necesario. Hoy en día me asumo teísta, con rasgos de todas las cosas que sigo conociendo, compaginando. Y repudié el racismo y los estudios pseudocientíficos que avalan la superioridad racial, por absurdos e inmorales. Gracias a mi pensamiento crítico pude darme cuenta de que mientras que en México soy blanco y me acusan de privilegio, en el primer mundo soy latino, blanco sólo de sus prejuicios.


El problema es que te venden la idea de que estar de un lado es la libertad y del otro la igualdad. Me siento en los años 70’s con el miedo latente al comunismo, con los capitalistas esgrimiendo su pensamiento sesgado como una verdad absoluta. ¡Qué arda el mundo! Pero en un mundo que arde los tiburones acaban en filetes y brochetas, sus aletas en la sopa.


En una sociedad capitalista todos, en mayor o menor medida santificamos el dinero. Y mientras más entras en la secta más dispuesto estas a hacer cualquier cosa por él. Justificas el porqué de acumular y no querer dar nada, evadiendo a las personas que son daño colateral del sistema que adoras. Nace una retórica de subhumanos que no tienen la inteligencia para invertir o el hambre de crecer. De adolescente asumí que el capitalismo era inmoral, injusto en sus bases que nos asume a todos en el mismo punto de partida. Hoy, siendo moderado, lo veo como poco ético. Aun amando la libertad propia y la de otros no pude ser libertario.


La libertad política y económica desmedida muta, pero no en libertinaje sino en lago más grotesco: un estado desatendido. Y la idea de que puedes crecer de manera infinita en un planeta con recursos finitos es absurda. ¿A donde va el progreso? ¿De que nos sirven los monopolios, resultado de la autorregulación del mercado? Piden libertad de mercado cuando tratan de explotarnos y de llevarse nuestra agua, nuestra dignidad, nuestra alma. ¿Dónde está la libertad de mercado cuando los empresarios acuden a papá gobierno para que defienda sus intereses?


Entonces, maldecido con la empatía, pensé que podía ser comunista. Y amé su ideología y ame la estrella roja y la revolución y desprecie al burgués opresor. Hasta que vi al opresor y este era de clase media, frustrado y corrupto por la necesidad de verdadero poder y riqueza. Lo vi desesperado, a merced de un mundo que lo explota, anhelando ser el que esta en la cima, igual que el proletariado. Y los compadecí, porque están tan lejos de la pobreza a la que temen, pero aún más de la riqueza y el poder que los hicieron creer que era la meta. Y les venden libros y los hacen decretar y rezar y usar el poder de su mente para atraer la riqueza a los que ya son ricos, comprando sus libros. Son ellos los que siguen con mayor fervor la moral capitalista, la mentalidad de tiburón. Sus almas se vaciaron, la vendieron en un dropshiping abusivo, se la quitaron en un embudo de marketing disfrazado de masterclass. Y despreciaron a todo aquel que sintió compasión de sus grandes ambiciones a las que se esclavizan. Nos señalaron y nos llamaron mediocres.


Después de leer a Marx y a Engels su utopía era decepcionante. El oprimido no aprende a amar a sus semejantes como parte de la masa igualitaria. En ambos lados hay heridas que deben sanar antes.


Me alejé del infantil pensamiento de Marx y pensé que era de tercera posición, pero representantes como Perón, los nazis y el bolchevismo me alejaron aun sin ser lo mismo. No creo en nacionalismos ni el orgullo de nacer en México, adorando al extranjero, hablando inglés mocho, aunque a veces soy igual.


Y pensé que los sistemas no caen por medio de la lógica ni de las quejas. Los sistemas que caen por medio de la violencia se sustituyen por otros iguales o peores. Los ejércitos revolucionarios se llenan de psicópatas, de megalómanos, de oportunistas y resentidos. Los idealistas quedamos a su merced. Si no me crees vuelve a leer la historia de la revolución mexicana y dime que cambio.


Qué puedo decir, si también soy un maldito ente consumidor, que puede ser consumido. Me gusta que consumas parte de mi alma, de lo que pienso en estas reflexiones baratas que parecen ir a ningún lado. Soy esclavo del dinero, soñado con poder vestir con un estilo que represente lo que quiero sobre mi cuerpo. Sueño con poder adquisitivo excesivo, con poder comer en restaurantes sin tener que ver el costo de las cosas. Sin sentir que por este lujo que me doy un día al mes tal vez me vaya a ver apretado los otros veintinueve días. Y no está mal, pero me suena hipócrita.


¿De verdad lo es?


Entonces pensé que cambiar el mundo sólo es posible por medio de nuestro cambio personal y consciente. Sin tratar de adoctrinar a otros en cómo deben de pensar. Siendo empáticos, entendiendo a los demás. Qué tal que no estamos dispuestos a hacer todo por dinero. Qué no estudiamos para conseguir un mejor puesto sino porque algo nos apasiona. Qué tal si exigimos nuestros derechos, si los conocemos, si los hacemos valer sin miedo. Y si sufrimos una injusticia por hacerlos valer nos unimos porque somos parecidos y en algún momento podría pasarnos a nosotros. No, más bien para que no le pase a nadie nunca más Qué tal que no tratamos de sobornar al policía para que no nos multe cuando sabemos que hicimos mal. Qué tal que no permitimos que los patrones abusivos pasen sobre nosotros, ni nos unimos a su círculo de empleados más empleados cuando subimos de puesto.


¿Y sí tuviéramos una moral que nada tuviera que ver con el dinero? Una en la que entendemos que no todos tiene acceso a las mismas oportunidades. Que no es normal desearlo todo siempre, que puedes esperar un momento. Imagina un mundo en el que eres capaz de controlar los estímulos adictivos de la dopamina. En el que somos libres y no necesitamos recortar libertades para equilibrar el mundo porque nos comprometemos con los otros y no solo con nosotros mismos. En el que nos damos cuenta de que no somos monstruos, pero tampoco personajes de la mediocre pluma de Ayn Rand. Un mundo… mierda, quiero una utopía, igual que Marx y Smith.


Chao



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