¡Liberenme!

La angustia desgarró tu voz. Gritaste por salvación, por libertad. Te desprendiste de toda responsabilidad y mendigaste la independencia que otros ofrecieron. Codiciaste lo que todos quieren y lo que nadie entiende. Y buscaste fuera de las cuatro paredes sofocantes que conforman tu cuarto, pero tu único escape estaba en la ventana virtual de ese cuarto. Donde juraste defenderla, en tu guerra sacra de chistes y memes. Y deseaste poder porque sólo los poderosos son libres, obscenamente libres.
Amaste sus frutos dulces, o lo que te enseñaron que eran sus frutos, peleando sus guerras por amor.
¿Tú qué sabes de amor? ¿Qué sabe cualquiera de nosotros de amar? Nos enseñan a poseer, no a amar. Nos enseñan a ser más dueños que compañeros, más tiranos que libertadores. Nos enseñaron a herirnos los unos a los otros en pos de lo que llaman libertad. ¿Quién te ha enseñó a dar libertad? ¿Quién te enseñó a no aferrarte? Yo sé la respuesta: nadie.
Nadie te enseño porque los libertadores están muertos y lo que sientes por otros es la necesidad de poseerlos. Es la necedad de que decidan atarse a ti. Y son libres de marcharse, pero no los vas a dejar tan fácil. Sí ya invertiste en ellos ahora tienen que dar réditos, para que el mundo sea justo.
Libérame, dices, con tono lastimero, rogando.
Permíteme decirte que los libertadores no murieron, sino que nunca existieron. La libertad no es un manjar que tomas y consumes. No sé encuentra en redes sociales, donde puedes ser carne del metamercado. No se encuentra en las camas de las desconocidas que te acogen una noche para no recordarlas nunca más. Ni en las cinco marcas de cátsup del super. La libertad es libre. Te besa. Te mima. Se va. Se va en el momento en que tratas de atarla a tus billetes, a las sonrisas de quien amas, a tus alegrías desdeñables. Se va, pero te extraña.
Qué lindo decir que nunca podrán apresarte siempre que recuerdes que eres el único que puede encerrarte que la libertad es un estado mental. Qué difícil encontrar ese estado mental. Ruego por los que oprimen y encierran. Ojalá su señor los perdone por privar a los suyos de su libertad física, nosotros no los perdonaremos. Porque no es todo culpa tuya. Si naciste y creciste creyendo en revoluciones de oportunistas, idolatrando a desleales, sirviendo a sus propósitos, creyendo en su libertad.
Ellos te engañaron.
No hay perdón para quien emponzoñó nuestras mentes con deseo y codicia y luego criminalizó a quien no siguió sus reglas arbitrarias. No hay perdón para su mojigatería y sus buenas costumbres que quieren mantenerte de rodillas. No habrá perdón para quienes en harás de poseer te engañaron para vender tu libertad; cuando les arrebataron algo preciado usaron la represión. No habrá perdón para quienes te enseñaron a creer que cambiar de amo es revolucionario.
¿Dónde están los que iban a salvarnos? Se volvieron los nuevos amos. ¿Dónde están los cambios prometidos? Fueron los justos para que ellos permanezcan. Ningún hombre nació para gobernar. Ninguna mujer nació para oprimirnos. Ninguno de todos nosotros es inocente.
Sálvame, gritas.
Nadie puede salvarte porque quien te salva hoy decidirá no hacerlo mañana. Entonces tu salvador se convierte en el nuevo opresor. Estamos acostumbrados a cambiar un infierno por otro y admirar a nuestros carcelarios y los medios que nos ponen para aspirar a ser como ellos. Nos encanta la suela de sus botas si nos dan un nuevo tótem tecnológico cada nueve meses. No le reces a la libertad si lo que quieres es la comodidad de sus jaulas. No le reces a la libertad en el tecnotemplo de la desidia.
Y no te preocupes. No eres un criminal. No puedes ser un criminal ni un pecador si no eres juzgado por sus esquemas y sus estructuras. En la libertad real no hay crimen ni hay pecado, porque crimen y pecado se idearon para que ellos gestionen tu vida y delimiten tus pasos. Están pensados para que tú mismo sientas culpa. Mi dios es libre de sus templos, vive en la liturgia tanto como en la roca, en el río y en el sexo salado que nos revitaliza.
Gritas libérenme desde el espejo donde el reflejo me muestra el miedo, la ira y la decepción acumuladas. De los que te fallaron y de los que les fallaste. De las cosas que quieres hacer y no te atreves. De los sueños rotos que pican y cortan cuando los tomas con tus manos desnudas. De la sangre indignada de los que caen a manos de los indignos. Me gritas desde el espejo sin poder hacer más.
Yo también tengo miedo. Yo también soy consciente de que debiera hacer más, de la oscuridad en la que nos sumimos.
Y entonces te doy voz por medio de estas palabras. Porque nadie sino nosotros mismos podemos liberarnos.




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