Ciegos

—Conduje por la autopista a 140 kilómetros por hora, tratando de huir, aun con la convicción de que es imposible, tenía que tratar. «La Mancha» siempre va con nosotros a donde vayamos.
Nuestras vidas son tinta dibujando líneas sobre la frágil piel del mundo; mi línea busca huir de aquella aura pesada y brillante que cubre a la ciudad todas las noches. La Mancha que creció conmigo, con la ciudad, con el «progreso» prometido que nunca nos llega del todo. Las personas le tememos a la oscuridad, es un instinto. No porque en ella se escondan los depredadores, sino porque en las sombras nos escondemos nosotros.
Yo sólo detengo mi huida cuando mis objetos estelares favoritos me alumbran. Su luz parece más benevolente que la de La Mancha.
Al cumplir los ocho, papá me regaló mi primer telescopio. Dijo que cada ser humano tiene una estrella, que buscara la mía. El romance estelar nunca se fue, la astronomía se volvió un pasatiempo luego un trabajo. Pude ser un fotógrafo, pero preferí ser un observador. Me gusta lo efímero de observar.
«Es una Mancha gris» así la menospreció tu abuela Mary cuando la llevé conmigo, ella no entendía mi amor por las estrellas, pero las noches oscuras me acompañaba a lugares lejanos para ver el cielo.
Seguí conduciendo hasta que la carretera se desvió a la izquierda, convirtiéndose en un camino de tierra cada vez más angosto y lleno de piedras. Pasaron unos veinte minutos hasta que ya no pude seguir. Aparqué en el borde de una loma pedregosa. De la guantera tomé mi mapa estelar y saqué el maletín con el telescopio de la cajuela. A mi paso salían corriendo de entre los matorrales algunos ratones, ardillas y mapaches. Cuando era niño no era tan difícil verlos, en especial a los mapaches, pero con el tiempo se volvió una hazaña casi tan rara como ver una estrella en las cercanías de la ciudad.
Ya en la cima, me puse a buscar la nebulosa anular de Lyra, me tardé un rato, pero al final la encontré. Sí, al principio era una mancha grisácea en el telescopio, pero después de un rato de observación, los colores fueron apareciendo, fue un momento mágico porque aquello que vi, estaba a más de dos mil años luz. Creo que sigue ahí, siendo lo mismo que yo, que tú en este momento. Su luz es nuestra luz, su materia es nuestra materia y cuando finalmente pereció nuestra tierra…
El abuelo terminó abruptamente su relato con voz melancólica. Su añoranza esparcida por el cuarto cómo un virus tan infeccioso que no pude contener mi pregunta:
—Abuelo, ¿crees qué yo pueda ver a Lyra, algún día?
—Quisiera decir que sí, pero las luces aquí ya nunca se apagan —dijo mirando por la ventana nuestra ciudad siempre iluminada de día y de noche.




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