El parásito en el espejo
Actualizado: 6 nov 2022
«Alzó la vista y distinguió la expresión de la otra madre: un relámpago de furia crispó su rostro como si se tratase de una tormenta de verano. Entonces Coraline tuvo la certeza de que lo que había visto en el espejo no era más que una ilusión.»
Coraline, Neil Gaiman.
No podía mentirse para siempre. Las cosas o las ves o no las ves, y Gloria en definitiva lo vio. Vio la boca del espejo moverse con sorna. Fue un movimiento pequeño, cretino, apenas perceptible. Un movimiento imaginario para el ojo inexperto que no sospecha las cosas que viven en el espejo; porque no son personas. Obviamente no era la primera vez que le veía, Airolg siempre estuvo. Desde pequeña se dio cuenta que en el espejo no siempre era ella, tal vez nunca lo era. Sin embargo, desde hace unos meses sus movimientos y acciones eran grotescas y enfocadas a hacerla sentir mal. Cómo un animal salvaje alimentado de manera regular, cuya codicia lo hace querer hincarle el diente a quien le alimenta.
Si hablara con alguien lo achacaría al estrés. ¡Estrés! Dormía bien, estaba en un momento de poca presión en el trabajo, su novio la amaba y el número de sus seguidores crecía. No, nada tuvo que ver con el estrés, fue un movimiento de su reflejo el que la sacó de quicio. Esa sonrisa burlona, los ojos que apuntaron maliciosos a las varias canas que aparecían en su cabeza y que el tinte cada vez cubría menos.
Con el tiempo aprendió a diferenciar sus movimientos de los de Airolg. Y estaba bien, no le daba mucha importancia. Era de esos parásitos en los que uno puede confiar. Un ser inofensivo. A veces la del espejo la hacía verse más delgada, más bonita, con los ojos un poco más grandes y los labios más carnosos. La hacía verse con los ojos de alguien capaz de desearla. Le daba los mejores consejos para arreglarse. Se alimentaba de su vanidad y en respuesta alimentaba el ego de Gloria. De hecho, Gloria pensó que era maravillosa, y sospechaba que cada espejo tiene su propio inquilino.
Pero imaginar el mundo en el que vivía Airlog le parecía extraño, retorcido. Con todo al revés. Las direcciones, las relaciones, las palabras, las articulaciones y la sensación de consumir a los otros. Quién sabe, a lo mejor era siempre el mismo ente en todos los espejos, tan solo, tan hambriento, tan sediento de aprobación. ¿Y para qué? Airolg ni siquiera podía recurrir al buen sexo o al sexting con extraños para aliviar sus vacíos, para sentirse bonita y querida. No, Airolg dependía por completo de las veces en las que Gloria se sacaba fotos de cuerpo completo. Las veces en las que de niña practicó a besar en el espejo, inspirada por alguna película boba. De las veces en las que su cuerpo desnudo se reflejaba en el espejo o incluso cuando tenía sexo frente al mismo y veía cada gemido reflejado en su brillante superficie.
A veces imaginaba que Airolg, al finalizar el acto, despellejaba un pedazo de la espalda de sus amantes, y lo guardaba en el armario en el que ella guardaba sus zapatos y vestidos y faldas. Las veces que imaginaba su colección cubría el gran espejo de cuerpo completo que se encontraba en su habitación, aunque la amistad nunca quedó fracturada mucho tiempo.
Sin embargo, en los últimos días Airolg le mostraba sueños menos placidos.
Las advertencias inocentes se volvieron insidiosas. La línea de expresión marcada, la piel menos elástica, la incomodidad con el vientre plano, pero no marcado de toda la vida. El tiempo, en general el maldito tiempo que corría, que le hacía falta para ir al gym, que de a poco le iba haciendo perezosa.
Gloria trato de arrancar una por una las canas que Airolg hizo el favor de mostrarle. Se escurrían escondiéndose entre los demás cabellos rubios. Y mientras lo hacía, el espejo le mostró otras cinco o seis canas. Enfadada tomó varios cabellos y los arrancó al unísono, junto con las canas. Repitió la acción con tres o cuatro mechones que cada vez se iban haciendo más grandes mientras las lágrimas salían de la cara del reflejo.
—Es lo que querías, ¿verdad? —reprochó Gloria complacida mientras veía unas cuantas gotitas de sangre aparecer en el cuero cabelludo del espejo.
Una vista a su vientre un poco más fofo fue la respuesta del espejo, y una risa ronca. Fue el colmo.
Cerró el puño con fuerza. Se desharía de ella, de su mierda, para siempre. Dio un fuerte golpe en el espejo, dejando que se quebrara, con un crujido escalofriante y el ruido seco de la madera tras el espejo. Y la vio sangrar, con su cara de loca y los rasgos desencajados. Le dio otro golpe que provocó que del espejo salieran astillas y un chorro de sangre que le manchó la mano. Los fragmentos cayeron dejando al descubierto el alma de madera del viejo espejo. Golpe tras golpe, rugido tras rugido, fragmento tras fragmento, fue deshaciéndose de la desagradable cara en el espejo, mientras oía la maldita risa, arañándole la garganta. Usó ambos puños y llorando golpeo el espejo hasta hacerlo pedazos, sintiéndose liberada.
Su libertad era tan ensordecedora que no escuchó a Mauri entrando en la casa ni gritando horrorizado al verla en el suelo. A él no, pero al espejo si lo escuchó decir:
—Nos vemos en el hospital, Gloria.

Espero que el cuento haya sido de tu agrado. Sí te interesa puedes dejar un comentario acerca de lo que opinas o piensas o contactarme en mi correo electronico, siempre estoy dispuesto a una conversación interesante. Chao.




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