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El mejor regalo.

4 dic 2022
3 min de lectura

—Son doscientos cincuenta y siete pesos, por favor.

El invierno me gusta tanto como su sonrisa fingida. No me siento acogido en la masa de personas que odiaría… pero qué hueva recordar sus rostros. Y qué hueva el frío. Tanto frío en todas partes, corriendo por las calles, metiéndose en las casas y los corazones sin esperar invitación. Se te mete en los zapatos, aunque no tengan hoyos. y juega a las escondidas entre tus dedos tiesos.

Cada invierno invierto tiempo y dinero en personas que apenas conozco. Como si la «sana competencia» no hubiera hundido ya nuestro Titanic laboral. A lo mejor un regalo por compromiso nos salva.


—¡Gracias!... —No esperaba que fueras tú. No lo dijo: su cara y tono de voz lo gritaron. Me dan ganas de disculparme por ser yo.

Sus manos evitan tocarme en un microabrazo de tres segundos. La imagino con una sonrisa cálida que muestra los dientes superiores a los espectadores de está farsa. ¿Por qué las personas populares siempre guardan las apariencias? ¿Por qué son tan malos fingiendo? Habremos hablado tres veces en este año, las ventajas de ser yo. Sin embargo, sonríe con sinceridad al rasgar el papel. Soy un apático que huele rico y da los mejores regalos.

Cada año me esfuerzo en dar buenos regalos sin salir del presupuesto. Creo que me importa darles a otros un rato agradable, más que por el acto de regalar que de recibir. No es altruismo, es que siempre acabo con un algo decepcionante. Un feo vaso de plástico verde, por ejemplo.

—Perdón, no me dio tiempo de envolverlo —y se ríe la descarada.

Tuvo casi veinte días para comprar y envolver… esto. Al menos los chocolates baratos que lo acompañan tienen un moño y la cajita es navideña, ¡yuju! Ella me abraza con fuerza, bordeando el cariño. Es feliz. Me siento culpable por no saber fingir que me encantó el plástico barato en el que ahora voy a tomar… ¿café?

—Ah, pero no lo metas al micro, no es para eso.

¡Yey! Plástico que no se puede usar en microondas. Odio el invierno, pero los chocolates están ricos.


—El autobús se descompuso, joven—. Me mira un instante como si no supiéramos qué pasa cada año—. Puede viajar en el siguiente si no le importa ir parado.

Me importa, pero sólo puedo visitarlos dos veces al año. Van mis tíos que se preguntan si soy gay, ya que nunca llevo una novia a casa. Mis tías que me critican por fumar y por mi trabajo. Los primos que se emborrachan y envidian y compadecen mi soltería a partes iguales. Y los pequeños sobrinos.

La cena de mamá compensa viajar cuatro horas de pie. Tal vez beber una cerveza con papá. Y quejarme del sistema de transporte terrestre con empleados sobreexplotados por las fiestas.

—Por eso te dije que consiguieras trabajo aquí.

«Lamento querer independencia, mamá». Y quejarme. No sé porque a veces exteriorizo mi malestar a los demás. Es una mala costumbre que siempre me amarga la vida. Ya debería saber que nunca tengo razón.

La pierna, el pavo, los romeros y la ensalada de manzana con ron son geniales, me ponen de mejor humor que el alcohol. Ojalá todas las noches de invierno fueran noche buena. Porque la navidad no es nada del otro mundo. Despertar crudo. El recalentado. Dar los regalos, porque la tradición es mercancía. Este año tocan tazas.

Me rio con ganas, porque incluso en casa he recibido un vaso de plástico, más bonito, pero que tampoco sirve para el microondas, acompañado de un cálido abrazo de mi tío mientras dice:

—Híjole, qué crees, no me dio tiempo de envolverlo.

Tuvo más de veinte días para comprar y envolver… esto. Pero los chocolates…

—¿Están ricos?

Los ojos grandes de Meli me miran con curiosidad. Sonrío y asiento.

—¿Quieres probarlos?

Ella sonríe, sacándose una mano enchocolatada y babosa de la boquita donde pongo el chocolate restante.

—No estoy convencida —balbucea cuando se lo termina—. Tal vez si me das uno completo, sin tus babas.

—Tu sobrina está chiquita, pero es abusada, no te creas —dice Moni al pasar.

—Eres igual que tu mamá, ¿no? —digo poniéndole un chocolate abierto en la manita.

—Los que tú me regalaste también están ricos —destapa uno, lo pone en sus manos sucias

y lo extiende hasta mi boca que se abre omitiendo el asco—. Te quiero —y me abraza dulcemente, aunque apenas nos conocemos y la veo cada seis meses. Su espanta el frío, como su sonrisa y las risas de los niños que corren por la casa.

Odio el invierno, pero los chocolates están ricos.


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