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Confía en mí

24 ene 2022
3 min de lectura

Actualizado: 8 feb 2022

—Tengo miedo —dijo Da.


Mimí lo miró, sus ojos se estaban acostumbrando a la umbra perpetua. Extendió la mano mientras con voz exasperada y tierna dijo:


—Cuando no puedas confiar en ti, confía en mí.


Da contuvo las ganas de llorar y tomó la mano que la niña le tendía, apoyándose en ella para levantarse. Era suave y cálida pero igual de seca que la roca que los rodeaba.


Qué bueno que se perdió con Mimí. Sin ella se hubiera quedado llorando en la oscuridad hasta quedarse dormido. Se imaginó a sí mismo en un ciclo absurdo. En cambio, con ella se obligaba a ser valiente; tanto cómo su hermano mayor, o cómo su tío Memo. Para Mimí, por el contrario, no fue buena suerte perderse con él.


Da camino azorado, con la mirada gacha fija en el oscuro nudo que eran sus manos. Pensó en sus errores, en querer disculparse. El tío Memo decía que un buen hombre sabía disculparse, pero un mejor hombre evitaba hacer cosas por las cuales pedir disculpas. Da quiso pedir perdón por no ser un mejor hombre. Por todas las veces en las que Mimí tuvo que pasarle la tarea, o ayudarle en clase. Por haber hecho que se perdieran. Cómo las palabras no le salieron, apretó la manita de papel que ella le tendía, no quería perderla.


—¿Quieres ir al baño?


—Estoy bien —dijo el chico. Desde hacía dos días ninguno usaba la señal del baño.


El chico siguió los diligentes pasos de su compañera, llenos de lógica, alejándolos del pánico que, cada poco, amenazaba con salir del pecho de Da, gritando. En cambio, Mimí exprimió la batería de la linterna, apagándola en sus descansos; hizo rendir el agua dos días. Se oriento en la oscuridad cuando se terminó la pila de la linterna y lo guio pegado a la pared, para evitar las trampas naturales.


Mientras tanto, Da recordaba las crónicas de supervivientes que le gustaba que Mane o su mamá le leyeran antes de dormir. En uno de los relatos, el que más recordaba, un hombre sobrevivió un año bebiendo sangre de tortuga. A oscuras no encontró que vampirizar. Tratando de ser útil, se mordió con fuerza los dedos hasta hacerse daño. No salió ni una gota. Aunque se imaginó a Mimí sobreviviendo como una vampira bebiendo de él, no logro conseguirla. En ese momento la sed era desesperante, a veces se le escapaban gemidos involuntarios que rebotaban en el silencio con un eco inquietante. Despegaba su lengua seca del paladar cuando Mimí, con voz temblorosa dijo:


—Estoy cansada… pero…


—Duerme. Yo vigilaré, por si nos encuentran.


La chica dudo un momento, pero al final, cedió.


El chico se sentó a unos pocos centímetros de ella, que se acurruco en su pecho tratando de evitar el frio de la piedra. Él se quedó quieto, escuchándola hasta que su respiración tomo un ritmo regular. Entonces jugueteo en la oscuridad. Imaginó formas de colores acercándose, dejando una estela fosforescente que desaparecía antes de tocar la punta de su nariz. Él también estaba cansado. La respiración intranquila de la chica lo calmó. Su mente confusa empezó a divagar, cómo lo hace justo antes de quedarse dormido. Pensó en conejos. Ella respiraba cómo un conejo; agitada, ligera, alerta, cómo esperando que algo en la oscuridad los atrapase. Da tuvo la necesidad de protegerla, de que nada le pasara, aun si él moría de miedo o de sed y desesperación. A lo mejor eso significaba estar enamorado. Qué forma tan tonta de descubrirlo. El sueño se apoderó de él. Lucho en su contra, pero al final lo venció. Era muy malo para amar. Qué forma tan cruel de saberlo.


En medio de su dormitar sin sueños, escucho algo familiar. Pensó que lloraba dormido, pero aunque trato no pudo dejar de gimotear. No era él.


—Perdón… no te quería despertar —dijo ella, perdiendo su pátina de madurez.


—Esta bien.


—Ya no puedo caminar.


—Yo tampoco.


—Ya no sé qué hacer, Da, vamos a…


Pero otro sollozo débil ahogo la palabra temida. Qué bobo, ella también estaba asustada.


El chico se acercó dulce a ella, le limpió sus lágrimas imaginarias con cuidado y le beso la frente con sus labios como lijas.


—Cuando no puedas confiar en ti, confía en mí —dijo Da.


Ella dejó de sollozar, asintiendo. Con la poca fuerza que les quedaba se abrazaron. Era su turno de cuidarla.


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