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Hacer el bien

12 jun 2022
3 min de lectura

Un sonido llamó su atención mientras lavaba los trastes que usó en el desayuno. El mapache había vuelto. A pesar de que dejaba un plato con alimento cerca de la basura, el animal siempre prefería regarla antes de comer lo que le dejaba.


Tomó la escoba decidida a espantar al animal.


Al salir por la puerta trasera pisó el machete escondido entre la hierba que empezaba a crecer a principios de la primavera.


—¿Por qué este hombre nunca guarda nada? —dijo recogiendo la herramienta. Al dar la vuelta se le cayó clavándose en la tierra por la sorpresa generada por la visión del monstruo.


Se arrastraba de forma repugnante, con su piel descamada cayéndose a girones, haciendo un ruido húmedo y vomitivo. Las extremidades, tres piernas y dos brazos de apariencia humana, parecían crecer como pelos desde muy profundo en la masa verdosa de su cuerpo. Sus movimientos eran precarios. Sus sesos asomaban, tumefactos, por la parte superior de la cabeza que giró al percatarse de su presencia.

Su rostro era una parodia, con ojos grandes, de pupilas carnosas e inyectados en sangre; con la boca unida por tiras de piel que escondían mal las encías inflamadas y sin dientes. Los ojos se fijaron en ella, llenos de miedo, y la boca se abrió levemente en una mueca de pánico.

Ambos tuvieron el impulso de huir. La cosa en dirección al terreno del vecino y ella a la casa.


La buena moral la detuvo. Tomó una de las tres piernas humanas. Era como agarrar un pie sudado. El ser chilló horrorizado y pataleó para liberarse, retorciéndose de forma lastimera. La pierna se le escurrió entre los dedos.


Lo vio alejarse arrastrándose de forma repugnante. ¿Cómo tal horror pudo ser parte de la misma realidad que ella?


Con la fuerza que impulsa el miedo tomó la pierna una vez más y jaló y sintió como esta se desprendía; cómo un pelo de la barba jalado con pinzas. La pierna cayó al suelo en un charco de sangre oscura, al borde de la coagulación. La criatura chilló de dolor y ella, casi divertida, tomó el machete clavado unos pasos detrás de ella.


«Con la herramienta adecuada podrás hacer lo que sea».


También desmembrar a alguien es más fácil con la herramienta correcta. Aunque no demasiado, pues los huesos rebeldes ofrecieron resistencia. Cuando por fin le cortó las piernas restantes, dejó una impúdica marca marrón rojizo extendiéndose con cada grito y cada retorcijón. Verlo así, miserable, formó un nudo en su garganta que le estranguló. A penas pudo seguir respirando, no hablemos de tragar la saliva que escupió, con tan poca práctica que se le escurrió por la barbilla. Lo bueno era que el puño que le asfixiaba tampoco le permitió vaciar el contenido de su estómago. En su mente la justicia no sabe a huevos a medio digerir, ni tomates orgánicos y menos a jugos gástricos. Sí él estuviera en su lugar tampoco volvería el estómago.


Su sacra obra no terminó ahí. Con espasmos patéticos la criatura intentó huir. Su gracioso bamboleo le dio tiempo de volver a casa a buscar el maso con el que le aplastó las manos que quedaron cómo una pulpa sanguinolenta con huesos sobresalientes aquí y allá. Por su mente pasó la idea de aplastarle la cabeza. Sería fácil. Crujiendo igual que los repugnantes escarabajos que aplastaba en la puerta del cuarto de herramientas. Un movimiento rápido, inadvertido, y sus sesos se desparramarían por el suelo terminando así con su horror para siempre.


No era una asesina. No podía rebajarse al nivel de la bestia de la que salvaba al mundo. Sólo había que evitar que esparciera su perniciosa fe a un mundo vulnerable. ¿Por qué dejar qué el mundo pasara por más horrores o estigmas? No, el mundo ya es bastante aterrador. Hay que hacer el bien.


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