Semillas
Actualizado: 13 ago 2022
Para una pequeña musa;
este es el cuento que escribí pensando en ti.
Las ideas le revolvieron la cabeza como gusanos insomnes; el sobre de papel las imitaba entre sus dedos. En noches similares las lágrimas le salían sin querer. La vida tiene muchos pesos y la ayuda psicológica no era para ella. ¿Qué hay de malo en llorar de madrugada hasta dormirse?
Las horas revolotearon a su alrededor, tan molestas cómo moscas. La soledad se acomodó a su lado en la cama, abrazando su cintura, contándole que el vacío es absurdo; como si no lo supiera. En esas ocasiones ni jugar en línea le llenaba. Entonces buscó con quien hablar en el chat. Es fácil hablar con desconocidos. La primera vez le ayudó a evadirse de los sentimientos abrumadores, de los problemas familiares, de las traiciones de las amigas de barro. Se volvió algo regular, en especial los días en que se sentía recluida en una casa que no quiso comprenderla, que la aburrió a muerte. ¡Maldita pandemia! La recluyó a esas cuatro paredes. ¡Maldita gente necia! Qué les costaba vacunarse, ser responsables, no hacer el encierro eterno.
En noches así se imaginaba cómo una vampira sedienta en busca de una víctima para entretenerse. Los chats de medianoche reúnen a los vampiros y los noctámbulos que deambulan por sus camas hasta que la noche es tan vieja que se transmuta en joven madrugada. Congregación sectaria sin oficio, compuesta de poetas mediocres y bohemios; de poetizas anónimas o decepcionadas; de lobos tristes y solitarios; de románticos que juran que no será frágil el cariño que se estira por kilómetros. Y decepciones. Es fácil decepcionarse de la persona que no se puede ver más allá de la pantalla, cuya voz imaginas al leer un mensaje. Es fácil decepcionarse de los que dicen morir de amor, pero sobreviven siglos.
Así que aquella noche no tomo el celular, sino que simplemente contempló el sobre de papel con la última de las semillas que encontró en su escritorio junto a una nota:
«¿Estas triste, pequeña? ¿No le encuentras el sentido a… nada? Cómenos. Te llevaremos a dónde ni tú podrás hacerte daño».
Al darle la vuelta al papel se encontró con un folleto:
«Semillas de paz» Se leía al frente en un marco de color verde y blanco.
Qué broma tan absurda. Pero el papel delgado y brillante, impreso por ambos lados, era un esfuerzo excesivo para su hermano. Una publicidad dedicada a su especifica persona. No pudo imaginarlo tomando nada tan en serio. Sonrió al imaginar un publicista rompiéndose la cabeza por ella.
El sobre contenía siete semillas cómo de pasto. Las vio con desdén. Las drogas le resultaban desagradables, legales o no, socialmente aceptadas o no. Los hombres que bebían eran repelentes, extraños enmascarados, bufones sin gracia; si además fumaban la decepción era completa. Y es que un hombre que ama tanto el placer no puede amar nada más, ni siquiera a sí mismo. Gente así despreciaba la vida y era víctima de sus propias tragedias autoorquestadas. Pensó en tirar el paquete sospechoso, pero con el sobre entre sus dedos, una calma agradable la cobijaba. Así que lo guardó y no habló de él con nadie; igual a nadie le importaría.
La noche que ingirió la primera de las semillas era muy parecida. Fluía su corazón roto sobre las mejillas suaves, viéndose cómo común denominador en sus fracasos amorosos. Acarició el papel con las yemas del pulgar y el índice. Se relajó. Lo impensable se le ocurrió. La semilla en su boca era dulce, le llenaba el gusto, se extendió por su cuerpo, relajo sus músculos. Creció en su estómago en todas direcciones, cosquilleando. Sonrió.
El único efecto secundario fue la disminución progresiva de su apetito, lo que pareció un precio aceptable a cambio de felicidad y seguridad que le duró varias semanas. Sin embargo, era una lástima que la publicidad mintiera: ella seguía ahí y requería comer las semillas para que fuera un efecto continuo.
En lugar atormentarse con pensamientos absurdos, permitió a la última semilla hacer su trabajo. Mas dulce que ninguna llego a su estómago, donde intento crecer. Sin espacio, el cosquilleo que se le extendió por la garganta, acarició su paladar. Hilillos blancos, iguales a raíces, brotaron por su nariz y su boca y sus orejas y todo orificio que conectaba el interior de su cuerpo con el exterior, incluso los lagrimales.
La chica río con fuerza mientras los brotes parecidos a raíces salían por miles de ella, se transformaban en un lecho acogedor y le cubrían con una cascara que se endurecía, sumergiéndola en la oscuridad más agradable: un lugar donde nunca volvería a entristecerse.





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