Realidad
La luz de la mañana trata de filtrarse entre tus parpados y extiendes la mano para evitarlo. Pero no es la luz lo que te despertó, sino el frío que está bien metido entre tus fibras musculares.
Desnuda, mojada y entumida, te levantas de la esquina de la habitación donde estabas acurrucada, oculta tras el espejo en el que te arreglas cuando te apetece ir a trabajar; hace un tiempo que no es un deseo frecuente. Parece que es temprano así que esta vez puedes apresurarte y conservar tu trabajo, así evitaras que en el futuro cercano papá te quiera acoger de nuevo en casa, con el pretexto de que igual te sigue manteniendo.
Los recuerdos son brumosos. Sin duda anoche fue uno de tus días dramáticos, cómo los llama mamá. Pero las paredes conocidas te reconfortan. A pesar de las estupideces que puedas haber cometido el día anterior todo está bien. Las paredes de tu casa rentada te cobijan, no te juzgan.
La ventana está abierta, normal que parezcas una babosa, fría y húmeda. Con la piel tan fría que ni siquiera sientes la caricia de la corriente que juega entre la ventana y la puerta abierta del cuarto. Miras el espejo sobre la cama. Esta lleno de los restos del cristal molido que consumiste anoche. Fue una noche difícil si lograste dormir después de un par de líneas de ese buen material; te lo recuerda la carta doblada y llena de droga con la que cortaste las líneas. Deberías de intentar comer algo, pero en realidad no tienes hambre.
Sonríes al pensar en lo que pretendía esa hoja doblada. Con tantos dobleces y llena de restos de metanfetamina sería difícil que lograra el cometido de disculparte con tus padres por la idea recurrente y por fin consumada. Debes de dejar de drogarte cuando te sientes mal, hace un tiempo que no ayuda.
Suspiras.
Necesitas vestirte, pero nadie va a interrumpir tu vulnerabilidad, lo que resulta relajante. Miras la cama y la cobija sobre su piel no pinta mal, parece querer darte la bienvenida. El psiquiatra dijo que cuando no tengas ganas de hacer las cosas es bueno tratar de sobreponerte al sentimiento y tomar tus pastillas. No quieres sobreponerte. No quieres estar mejor. No lo mereces.
De camino a la cama te atrae el espejo de forma peculiar. Ayer, antes de dormir lo mirabas. A pesar de cómo te sientas siempre es lindo ver tu cuerpo desnudo, aunque de a poco parece que los problemas consumen tu carne.
¿Soy real?
Otra idea recurrente que formulas viendo el reflejo en el espejo. El lógico «sí» que diría cualquiera al que se le hiciera esa pregunta no encaja. ¿Cómo pueden estar tan convencidos? ¿Qué les da una certeza tan fiera? La idea de que existes parece risible. Puede que, si remueves la fría piel, encuentres plástico o cables o chips en lugar de músculos. Ellos tienen miedo de darse cuenta que son maniquíes sin alma, algo que simula vivir. Si ellos lograran pensar como tú por un instante entenderían que dejaras de sentir, desear, amar, comer. Por eso cuando hablas tu voz se pierde en el ruido de fondo, tocando a nadie, gritando nada.
Miras los ojos muertos del reflejo, la desnudez de delgado papel que a penas logra cubrir las venas azules. Recorres el resto de la frágil veinteañera reflejada ahí. Necesitas confirmar su presencia; repasas tus formas con ambas manos. Tocas los labios delgados, tan distintos de los de Laura, cinco años menor, con labios carnosos, sensuales, sacados de una foto a blanco y negro. Labios que aún no conectan amor y deseo. Los de ella nuca estarán tan sedientos. Clavas las uñas con desdén en su piel pálida y revelas unos dientes pequeños, teñidos de tabaco y café. No vale la pena, dañarte no es dañarla a ella. La niña no tiene la culpa de ser buena en todo y que papá las compare; no tiene la culpa de quererte sincera cuando nadie más lo hace.
Tocas la punta de una nariz común, y resbalas sobre la humedad hasta la piel fría e incómoda del pómulo. Los dedos resaltan sobre la delgadez de tu cara. Las manos viajan del rostro a las orejas mientras tu lomo de gata se eriza y te exige que recorras el cabello mojado en toda su longitud, terminando en los hombros, deteniéndote en las clavículas. Es normal amar estos huesos si nadie los critica. Son bonitos y el hueco que hacen en el cuello es sugerente. No importa que tu carne cambié, las clavículas son hueso y el hueso no pierde la estética anatómica con facilidad. Amas cómo se ven mientras te acercas a tus pequeños senos firmes. Tus labios se curvan sin ganas.
Peinas los vellos entre los pechos, sutiles como un verso bien escrito. Ahuecas las palmas y contienes su peso ovoide. Recuerdas la primera vez que alguien los probó, no fue de lo mejor, pero tampoco estuvo mal. Memorias de alguien que hoy no está frente al espejo. Bajas por tu vientre por instinto hasta tu sexo, buscando otra cosa. Hace mucho nada de nadie te complace.
Acabar con todo. De nuevo la idea de alguien más dicha con tu voz.
Las manos siguen su camino y se encuentran, se acarician como dos amantes reencontrándose. Al subir por los antebrazos encuentras un relieve vertical. Un recuerdo fugaz atraviesa tú mente. Un cuchillo, una bañera. Acabar con todo. Un flirteo con el filo y un beso de acero surcando las pluviales muñecas.
La temperatura de tú cuerpo es la misma, pero el frío se vuelve insoportable. El corazón se acelera en tu pecho. Imaginas el corazón acelerado. Te arqueas como si quisieras vomitar Y te percas por fin del fino hilo de plata, apenas visible, saliendo de tu ombligo. Marca un camino que se pierde debajo de la puerta cerrada del baño.
Acabar con todo.
Al abrir la puerta te recibe una pantalla de plumas negras.
¿Qué es real? ¿Quién puede decir que es lo real? ¿Lo es el ángel de alas negras que se esfuerza en cortar el hilo de plata? No, lo real eres tú, tomando un baño con tu sangre.





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